Opinión: Estatutos, comunidades y nacionalidades
Por Nacho Carbó (Alcañiz)
Mucho se ha hablado y se habla del Estatuto de Cataluña, de su constitucionalidad, de competencias, de bilateralidad, de nacionalidades, de lengua… No me he leído el Estatuto entero, ni pienso. No soy un experto en Derecho Constitucional, ni voy camino de serlo. Algo sí tengo más o menos claro, mis principios e ideas, lo que considero el sentido común y la libertad del individuo. Tras varios años de Estado de las comunidades, en lo que se puede considerar un balance general positivo en cuanto a progreso, toca decir hasta aquí hemos llegado. Se han sobrepasado ciertas líneas.
No puede ser que haya mejor o peor sanidad dependiendo de la comunidad en la que te encuentres. Es terriblemente peligroso que la educación esté, aunque sea en parte, en manos de las comunidades, sobre todo en aquellas en las que florecen los nacionalismos periféricos. Y lo es, porque ofrece un instrumento capital en nuestra sociedad, en manos de los caprichos de partidos nacionalistas, que en su afán de imponer su particular visión de la historia, utilizan ésta para seguir teniendo razón de ser, para sobrevivir, generando de esta manera “cachorros” independentistas. Los resultados, por poner un ejemplo, son generaciones de jóvenes catalanes que lo único que les han enseñado es que un día existió “La Corona Catalano-Aragonesa”. Hemos llegado a límites insospechados en el tema de la lengua. Las lenguas propias de las comunidades hay que conservarlas, pero no imponerlas ni utilizarlas como elemento diferenciador en derechos y libertades de los españoles. Y por supuesto, nación existe una, y desde hace cientos de años, la española. Dicho esto, España no puede tener un presidente que diga que “la nación española es discutida y discutible”. Sr. Zapatero, váyase a presidir una nación en la que verdaderamente crea y déjenos en paz.
(Este texto aparece publicado en el periódico La Comarca el 23 de julio de 2010)