Opinión: LA BARBARIE ETARRA
La barbarie etarra no termina en el asesinato. Una vez cometido éste su labor prosigue, se esfuerzan luego en hacer sufrir a las vÃctimas, unas veces de forma sutil y otras de un modo salvaje. ETA se ha adueñado de las calles y nadie se siente responsable de ello, nadie se rebela. La vÃctima ha de vivir de forma incómoda, para que lo que se perseguÃa con el asesinato se consiga. Las vÃctimas, o sus familiares, tras el atentado deben seguir viviendo la tragedia. Por ejemplo, son multitud los chistes que se han hecho sobre Irene Villa, y quienes los atienden y los rÃen demuestran su condición. Pero cada sonrisa de Irene constituye una derrota para ellos.
Los etarras cuando hacen mal, lo hacen a conciencia. Por eso son tan útiles para la causa.
Atender a la viuda y a los hijos de la última vÃctima de ETA no sólo es una obligación moral, es también el modo más válido de luchar contra ETA. Quitar a los asesinos de la vista de sus vÃctimas es otra obligación moral.
Lo inquebrantable deberÃa ser la dignidad de una sociedad que debe responder con contundencia a esta nueva provocación. Lo único inquebrantable debe ser nuestra lealtad con las vÃctimas y honrar su recuerdo y el dolor de sus familiares. Lo único inquebrantable debe ser nuestra determinación en no ceder al chantaje terrorista, ni a la hipocresÃa nacionalista que quieren sacar provecho de él. No podemos admitir posturas equidistantes en las que vÃctimas y verdugos son considerados en igualdad. Es mezquino decir que existe un conflicto polÃtico que debe resolverse negociando y si no, se continuará asesinando. El diálogo y la negociación no se exigen mediante amenazas de violencia si sus peticiones no son atendidas, con quienes usan del terrorismo y del asesinato más cobarde para amedrentar a la sociedad y a sus dirigentes. La única respuesta a esa provocación es la de seguir con la lucha y lograr que todos los integrantes de esa banda y sus cómplices cumplan sus condenas.
Hay que hacerles comprender que su lucha es inútil y por mucho dolor que causen, su destino será pagar por sus crÃmenes.
(Este texto aparece publicado en el periódico La Comarca el 26 de junio de 2009)